"Yo prometo a todo el que rece el Santo Rosario diariamente y comulgue los primeros sábados de mes,
asistirle en la hora de la muerte.
"
(El Escorial. Stma. Virgen, 5-03-82)

VIRGEN DOLOROSA "Todos los que acudís a este lugar, hijos míos, recibiréis gracias muy especiales en la vida y en la muerte."
(El Escorial. El Señor, 1-1-2000)

BENDICIÓN DEL DÍA 6 DE SEPTIEMBRE DE 2008, PRIMER SÁBADO DE MES,
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)


LA VIRGEN:
Levantad todos los objetos... Todos serán bendecidos con bendiciones especiales para los hogares, las iglesias y los conventos...

Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.


MENSAJE DEL DÍA 12 DE MAYO DE 1983, LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

       (Al terminar el rezo del santo Rosario, Luz Amparo cae de rodillas, quejándose de agudos dolores y comenzando a sangrar por la frente, ojos, manos, rodillas, pies y costado. En la frente presentaba las lesiones de la corona de espinas, que sangraban espontáneamente; en los ojos brotaban lágrimas de sangre y en las manos aparecían las señales de los clavos con la sangre roja y fresca, que manaba. Igualmente, las rodillas se veían ensangrentadas. Sólo se comprobaron estas lesiones en las zonas del cuerpo no cubiertas por el vestido. Un suave perfume de rosas envolvía el ambiente).

        LUZ AMPARO:

       ¡Ay, ay, ay...! ¡Ay, Dios mío...! (Así repetidas veces denotando vivo dolor). ¡Ay, Señor! ¡Ay, Señor...!

        LA VIRGEN:

       ¡Ay, hija mía, hijos míos! Os pido, hijos míos, que hagáis sacrificios, sacrificios y oración. Va a ser corto el mensaje, hijos míos. Os lo tengo todo dicho, hijos míos. Todos aquéllos que no os hayáis acercado, hijos míos, al sacramento de la Confesión, hacedlo, hijos míos, hacedlo, que el tiempo se aproxima. No quiero que os condenéis. Sacrificios, hijos míos, sacrificio os pido. Pedid por las almas consagradas, ¡las amo tanto!, pero ¡qué mal me corresponden, hijos míos! Ayudad a mi Hijo a llevar la Cruz, hijos míos. Lleva una cruz muy pesada por todos los pecados del mundo.

       Besa el suelo, hija mía... Por las almas consagradas, hija mía, por las almas consagradas.

       También quiero, hijos míos, que se haga en este lugar una capilla en honor a mi nombre, hijos míos. No hacen caso, hijos míos, no hacen caso de mis mensajes. Publicad, hijos míos, es muy importante que publiquéis los santos Evangelios por todas las partes del mundo. Quiero que os salvéis todos, hijos míos. Sed constantes en acercaros a la Eucaristía, hijos míos.

       Tú, hija mía, sé humilde, hija mía; la humildad es la base para subir al Cielo, hija mía. ¡Cuántos, hija mía, cuántos se ríen y se burlan de ti, hija mía! Pero piensa que a todo aquél que se rían y sea calumniado, a causa de nuestro nombre, recibirá una gran recompensa. Sí, hijos míos, haced sacrificios y haced oración, hijos míos.

       Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice en el nombre del Hijo y con el Espíritu Santo.

       Adiós.

        (Al terminar el mensaje, Luz Amparo ha comenzado a sentir un frío intenso y grandes náuseas; tenía mucha sed y pedía agua. Poco a poco, la sangre se ha ido secando y desapareciendo a la vista de todos los presentes, como reabsorbida.

       Finalizado el éxtasis y la estigmatización, sometida aún la vidente a intensos dolores, cuenta ella misma que, en esos momentos, vio a la santísima Virgen resplandeciente en el Sol, ataviada con túnica azul y manto blanco, con una sonrisa, consolándola en sus sufrimientos.

       Explica que, habitualmente, cuando comparte la Pasión de Cristo, el Señor se le representa sufriendo al mismo tiempo que ella. Pero esta vez, lo vio sentado en un trono, rodeado de ángeles, en medio de una aureola de luz azulada y vestido con una túnica blanca. Se mostraba sonriente).


COMENTARIO A LOS MENSAJES
12~Mayo-1983


«Os pido, hijos míos, que hagáis sacrificios, sacrificios y oración. Va a ser corto el mensaje, hijos míos. Os lo tengo todo dicho, hijos míos. Todos aquellos que no os hayáis acercado, hijos míos, al sacramento de la Confesión, hacedlo, hijos míos, hacedlo, que el tiempo se aproxima. No quiero que os condenéis. Sacrificios, hijos míos, sacrificio os pido. Pedid por las almas consagradas, ¡las amo tanto!, pero ;qué mal me corresponden, hijos míos! Ayudad, a mi Hijo a llevar la Cruz, hijos míos. Lleva una cruz muy pesada por todos los pecados del mundo» (La Virgen).

Nos vamos a fijar en las siguientes palabras de la Virgen: «Va a ser corto el mensaje, hijos míos. Os lo tengo todo dicho, hijos míos». No es la única vez que se  expresa con palabras parecidas;  e incluso, en alguno de los mensajes, llega a decir que los mensajes se van a acabar, pareciendo algo inminente.

La prolongación en el tiempo de los mensajes de El Escorial ha sido, a veces, motivo de objeción; algunos encontraron dificultad ante algunas «rectificaciones» de los mensajes o su prolongación hasta el año 2002, a pesar de varios anuncios de que finalizaban. No obstante, nunca se dio una fecha fija para su término; sólo el mismo día en que se produjo el último mensaje de Prado Nuevo, anunció con claridad el Señor: «No habrá más mensajes, pero habrá bendiciones muy especiales y marcas que quedarán selladas en las frentes» (4-mayo-2002).

La misma Virgen ya había ofrecido sus razones maternales en el mensaje de 7 de abril de 2001: «¿ Cuántas veces os he dicho, hijos míos: mis mensajes se van a acabar? Pero los hombres no cambian, y cuántas veces una madre avisa a sus hijos: "Hijos míos, no os aviso más", y viendo que el hijo está metido en la perdición, la madre sigue avisando el peligro que acecha al hijo. Pues eso hago yo, como Madre de los pecadores: avisarles que vuelvan su mirada a Dios, porque el mundo no se puede arreglar sin Dios».

No hay especial problema en este punto, si se tiene en cuenta el estilo de Dios en diferentes pasajes bíblicos, donde Él se muestra «arrepentido», incluso, por haber creado al hombre (cf. Gn. 6, 6-7). ¿No va unida a la Historia de Israel una continua «rectificación» por parte de Yahveh, que perdona a su Pueblo una y otra vez, y vuelve los ojos hacia él para compadecerse? En la Sagrada Escritura pueden encontrarse distintos ejemplos. En el libro de Tobías, por citar uno, después de anunciar desventuras, se muestra enseguida la compasión de Dios: «Todo tendrá cumplimiento. No se rebajará ni una sola de sus palabras. Todo llegará a su tiempo. ( ... ) Cuanto ha dicho Dios se cumplirá, sucederá y no fallará ni una de sus palabras (...). Todo el país de Israel quedará desierto. Un desierto serán Jerusalén y Samaria. La Casa de Dios quedará desolada y quemada durante algún tiempo.
Pero Dios tendrá una vez más compasión de ellos y los volverá a la tierra de Israel» (Tb 14, 4-5).

De la Exposición del Evangelio según san Lucas de san Ambrosio, tomó el papa Benedicto XVI la siguiente explicación, donde reconoce el «cambio», en ocasiones, del parecer de Dios: «Zacarías, padre de Juan Bautista, se había quedado mudo por no haber creído al ángel, pero luego, al perdonarlo, Dios le había concedido el don de profetizar en el canto del Benedictus: "El que poco antes era mudo, ahora ya profetiza —observa san Ambrosio—; una de las mayores gracias del Señor es que precisamente los que lo han negado lo confiesen. Por tanto, nadie pierda la confianza, nadie desespere de las recompensas divinas, aunque le remuerdan antiguos pecados. Dios sabe cambiar de parecer, si tú sabes enmendar la culpa"» 1. Ésta es la clave: el arrepentimiento y enmienda del pecador; por eso, la Virgen, en el mensaje que estamos comentando, advierte: «Todos aquellos que no os hayáis acercado, hijos míos, al sacramento de la Confesión, hacedlo».

¿Qué hace una madre cuando ve a un hijo suyo precipitarse en el abismo del pecado y de los vicios? Procura su liberación por todos los medios a su alcance. ¿No es lógico pensar que aquella que más ama y mejor a sus hijos —la Virgen María—, no ceje en el empeño de vernos renacidos y libres como hijos de Dios? ¡Cuántas veces advierte cualquier madre a uno de sus hijos: «No te lo vuelvo a decir más», para repetir lo mismo cuando su corazón de madre se compadece de nuevo !

       Por lo demás, ¿no estará indicando esa extensión en el tiempo la preocupación maternal de la Virgen María por nosotros, sus hijos; su predilección y su amor, así como la Providencia de Dios sobre la Humanidad, a la que no quiere dejar abandonada ante una etapa tan crucial y conflictiva de la Historia? ¡Qué significativas son, a este propósito, las palabras de san Pablo en el libro de los Hechos, que muestran cómo,cuando se ama, nunca se abandona al amado!: «Y acordaos que, durante tres años, no he cesado de amonestaros día y noche con lágrimas en los ojos a cada uno de vosotros» (Hch. 20, 31).  

Hace tan sólo unos días se ha celebrado en Lourdes un Congreso Mariano Internacional, con motivo del 1500 Aniversario de las Apariciones de la Inmaculada Concepción a santa Bernardita. Todas las ponencias se han dedicado a la realidad de estas manifestaciones marianas, resaltando que las apariciones de nuestra Señora, a través de la Historia, son signo evidente de su amor y solicitud maternal.

La condición gloriosa de Santa María no impide su atención hacia la Iglesia peregrinante; todo lo contrario, María no se desentiende del género humano, como nos recuerda la constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II: «En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna» (n° 62). Y en el mismo número, este documento conciliar, refiriéndose a la maternidad divina de la Virgen, enseña: «Con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y viven entre angustias y peligros hasta que lleguen a la patria feliz».

Recordemos lo contenido en el libro de Tobías, referido antes, para aplicarlo también a las promesas de los mensajes de Prado Nuevo, con la confianza de que se cumplirán: «Todo tendrá cumplimiento. No se rebajará ni una sola de sus palabras. Todo llegará a su tiempo. (...) Cuanto ha dicho Dios se cumplirá, sucederá y no fallará ni una de sus palabras» (Tb 14,4). Confiemos.

1 Audiencia General, 19-10-2005.