BENDICIÓN DEL DÍA 7 DE JULIO DE 2007, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos para los pobres pecadores...

     Os bendigo como el Padre os bendice[1]...

 

 

BENDICIÓN DEL DÍA 4 DE AGOSTO DE 2007, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos para las almas de los pobres pecadores...

     Os bendigo como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu santo.


MENSAJE DEL DÍA 24 DE FEBRERO DE 1983
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

     (Al terminar el rezo del santo Rosario, cuando emprendía el camino de regreso, Luz Amparo comienza a sentir los dolores de la Pasión del Señor y a sangrar por ojos, frente, manos, rodillas, costado y pies. Ya arrodillada, en éxtasis, recibe el siguiente mensaje).

     LA VIRGEN:
     Mira, hija mía, explica lo que estás viendo.

     LUZ AMPARO:
     Veo al Ángel con una medida y a Elías con un libro pequeño. Lo que lleva el Ángel no es romana ni báscula; tiene como dos globos, uno a cada lado, con muchas ventanas. En un lado hay una cruz como de oro y cruces en las ventanas; en el otro lado tres cifras: 666, una cabeza de serpiente aplastada con cuatro ojos... En la parte de arriba, entre los ojos, tiene una S y una Z. Al lado del Ángel, está Elías, quien con un celemín echa trigo de un saco; el trigo que cae en el lado del globo de la cruz se vuelve como granos de oro, cae por los lados y, según cae, se vuelve rayos de luz. En el otro echa el trigo y se vuelve negro y, al caer, se vuelve sangre y tinieblas y, en medio de esas tinieblas, veo hundirse todo.
     En este momento veo derrumbarse las montañas y caer sobre las personas, quedando muchas sepultadas y muertas.
     ¡No, no! ¡Ay, eso no, no, no, eso no! ¡Cuántos conventos!, hay muchos conventos; entran el Ángel y Elías; ponen unos a un lado y otros a otro; entre todos hay muy pocos escogidos. ¿Dónde los llevas?, ¿dónde los llevas? No, no... (Luz Amparo gime). No, no, eso no, eso no... Veo que a los conventos escogidos los dejan donde los árboles, y los otros conventos (muchos más) donde se derrumban las montañas.

     LA VIRGEN:
     Hija mía, pedid a Dios misericordia; estamos en lo último. Faltan segundos para que venga el Castigo. Hija mía, cuenta lo que ves.

     LUZ AMPARO:
     Ése es san Pedro; cuando llegue este momento, elegirá un nuevo Papa. Se vivirá el Evangelio. Los malos irán al fondo del abismo. Mira todos los que hay. No hacen caso de mis mensajes. Será horrible. Piensan que Dios es misericordioso; pero no piensan que es un juez muy severo y juzgará a cada uno según sus obras.

     LA VIRGEN:
     Mira lo que ves ahora.

     LUZ AMPARO:
     Veo cómo se derrumban las montañas. En Roma habrá grandes terremotos y será casi destruida. Veo hundirse el Vaticano. Todo esto está próximo.

     LA VIRGEN:
     Tened cuidado, hijos míos, que el enemigo está al acecho para llevarse las almas. Haced oración y sacrificio por los pobres pecadores. Los ángeles están preparados para cuando Dios Padre mande el Castigo.

     LUZ AMPARO:
     Cinco árboles veo. En cada árbol hay un ángel. Uno tiene una cruz muy grande con un libro, y los otros cuatro tienen una trompeta cada uno. Los árboles son muy altos y terminan en forma de animales: uno un águila, otro un león, otro con cuerpo de persona y pezuñas de animal, y otro en forma de toro o búfalo. ¿Qué son esos cinco árboles sobre esta tierra?

     LA VIRGEN:
     Esta tierra es la Tierra prometida de los escogidos. Reinará Jesús como Rey de reyes sobre la Tierra. No hay más que luz por todas partes. Pero mira este otro sitio: muerte, muerte y oscuridad por todas partes; será horrible. Los humanos no hacen caso.
     Las naves celestiales están preparadas para trasplantar a los escogidos a la Tierra prometida. Estas naves vendrán rodeadas de luz azul como especie de una nube . No os riáis de mis avisos, hijos míos.
     Mira, hija mía, cómo corre la sangre por todas partes. Los propios humanos se lo buscan, no quieren ser humildes. Si amáis a vuestro prójimo, amaréis a mi Hijo. Todo el que se llame hijo de Dios tiene que amar al prójimo. Tenéis que bajar muy bajo para subir muy alto.
     Tú, hija mía, déjate humillar. A todo el que le calumnien por causa de mi Hijo, le espera una recompensa, hija mía. Refúgiate, hija mía, en nuestros Corazones. Mi Corazón Inmaculado triunfará sobre toda la Humanidad.
     Sé humilde, hija mía, sé humilde. Besa el suelo, hija mía, por todos los pecadores. Haced sacrificios. Quiero que hagas más sacrificios por los pobres pecadores. El mundo está en un gran peligro. Vuelve a besar el suelo por mis almas consagradas. Humildad es lo que pido. Sed humildes, hijos míos.
     Yo os bendigo, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.


No hay grabación en audio de este mensaje; fue transcrito a mano por Rosa María González, presente en ese momento. Cf. o. c., nº 1, pp. 114-116.

En su segunda acepción significa: “Hacer salir de un lugar o país a personas arraigadas en él, para asentarlas en otro”.

De manera usual, sería “como una especie de nube”.


 

COMENTARIO A LOS MENSAJES

 

24-Febrero-1983

 

     Narra la crónica de aquel día, 24 de febrero de 1983: «Al terminar el rezo del santo Rosario, cuando emprendía el camino de regreso, Luz Amparo comienza a sentir los dolores de la Pasión del Señor y a sangrar por ojos, frente, manos, rodillas, costado y pies. Ya arrodillada, en éxtasis, recibe el siguiente mensaje...».

 

     Comienza la Virgen invitando a Luz Amparo a contemplar una visión: «Mira, hija mía, explica lo que estás viendo». Enseguida, Amparo empieza a describir la visión contemplada:

 

     «Veo al Ángel con una medida y a Elías con un libro pequeño. Lo que lleva el Ángel no es romana ni báscula; tiene como dos globos, uno a cada lado, con muchas ventanas. En un lado hay una cruz como de oro y cruces en las ventanas; en el otro lado tres cifras: 666, una cabeza de serpiente aplastada con cuatro ojos... En la parte de arriba, entre los ojos, tiene una «S» y una «Z». Al lado del Ángel, está Elías, quien con un celemín echa trigo de un saco; el trigo que cae en el lado del globo de la cruz se vuelve como granos de oro, cae por los lados y, según cae, se vuelve rayos de luz. En el otro echa el trigo y se vuelve negro y, al caer, se vuelve sangre y tinieblas y, en medio de esas tinieblas, veo hundirse todo.

     En este momento veo derrumbarse las montañas y caer sobre las personas, quedando muchas sepultadas y muertas».

 

     Elías es uno de los personajes más célebres del Antiguo Testamento y sus hechos aparecen, sobre todo, en los dos libros de los Reyes. Así lo ensalza otro libro bíblico, el Eclesiástico: «Después surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha. Él atrajo sobre ellos el hambre, y con su celo los diezmó. Por la palabra del Señor cerró los cielos, e hizo también caer fuego tres veces. ¡Qué glorioso fuiste, Elías, en tus portentos!, ¿quién puede jactarse de ser igual que tú? Tú que despertaste a un cadáver de la muerte y del seol, por la palabra del Altísimo (...); en torbellino de fuego fuiste arrebatado en carro de caballos ígneos (...). Cuando Elías en el torbellino quedó envuelto, Eliseo se llenó de su espíritu. En sus días no fue zarandeado por príncipe, y no pudo dominarle nadie. Nada era imposible para él, hasta en el sueño de la muerte profetizó su cuerpo. Durante su vida hizo prodigios, y después de su muerte fueron admirables sus obras» (Si 48, 1-5. 9. 12-14).

 

     Para el profeta Elías está reservado un significativo papel al final de los tiempos, según se deduce de distintas profecías. La Sagrada Escritura nos narra diversos pasajes de su vida como profeta; los intérpretes antiguos lo identifican, unido a Henoc, con los dos testigos del Apocalipsis: «Y daré a mis dos testigos que, vestidos de saco, profeticen durante mil doscientos sesenta días» (Ap 11, 3). Coincide así con el mensaje —ya aparecido en estos comentarios— de 25 de septiembre de 1981, que denomina a ambos —Elías y Henoc— «testigos de Jesús», y explicaría que la Biblia no hable de su muerte, sino de su desaparición misteriosa: «Dijo Elías a Eliseo: “Pídeme lo que quieras que haga por ti antes de ser arrebatado de tu lado” (...). Iban caminando mientras hablaban, cuando un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ellos; y Elías subió al cielo en el torbellino» (2 R 2, 9. 11). «Elías, por su ardiente celo por la Ley, fue arrebatado al cielo» (1 Mac. 2, 58). «Henoc anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó» (Gn 5, 24). «Por la fe, Henoc fue trasladado, de modo que no vio la muerte y no se le halló, porque lo trasladó Dios» (Hb 11, 5).

 

     ¿Qué podemos decir sobre el número de la Bestia? En primer lugar que aparece en el Apocalipsis: «Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia; pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666» (Ap 13, 18), donde se nos advierte también de las consecuencias para aquéllos que se dejen sellar con ese número, cuando llegue el tiempo de una especial tribulación: «Y hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se hagan una marca en la mano derecha  o en la frente, y que nadie pueda comprar nada ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre» (Ap 13, 16-17).

 

     Los hebreos y los griegos usaban las letras del alfabeto como signos numéricos. No es difícil encontrar nombres cuyas letras tengan el valor de 666; por ello, no se han dejado de proponer nombres (Nerón, etc.) a quienes aplicar esta cifra; en todo caso, habrían de tomarse como tipo o figura del Anticristo, a quien conviene más, ya que será, en su esencia, la culminación del humanismo que desafía a Dios. Otra explicación de carácter simbólico a esta cifra de la Bestia es: el número siete (7) significa plenitud, y el ocho (8) es, con superabundancia, el número de la bienaventuranza eterna. Así, el seis (6) sería el número de la imperfección, que se repite en el Apocalipsis tres veces (666) para indicar la suma imperfección.

 

     La siguiente descripción de Luz Amparo: «En este momento veo derrumbarse las montañas y caer sobre las personas», nos recuerda un pasaje evangélico que quizás se refiera a los mismos tiempos: «Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron! Entonces se pondrán a decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Cubridnos! Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?» (Lc 23, 29-31).

 

     En las últimas líneas del mensaje se encuentran revelaciones verdaderamente misteriosas y no alcanzamos a ofrecer una explicación; se verán aclaradas cuando llegue su momento histórico.



[1] El primer sábado de julio, la bendición no fue la habitual, que suele citar a las Tres Personas de la Santísima Trinidad, sino que alude sólo al Padre.