"Yo prometo a todo el que rece el Santo Rosario diariamente y comulgue los primeros sábados de mes,
asistirle en la hora de la muerte.
"
(El Escorial. Stma. Virgen, 5-03-82)

VIRGEN DOLOROSA "Todos los que acudís a este lugar, hijos míos, recibiréis gracias muy especiales en la vida y en la muerte."
(El Escorial. El Señor, 1-1-2000)

 

BENDICIÓN DEL DÍA 5 DE ENERO DE 2008, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

    LA VIRGEN:
   Levantad todos los objetos... Todos han sido bendecidos para el día de las tinieblas...
   Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y del Espíritu Santo.


MENSAJE DEL DÍA 23 DE ABRIL DE 1983
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

    LA VIRGEN:

     Sólo, hija mía, sólo voy a pedirte que hagáis sacrificios, hijos míos, que no hacéis sacrificios por los pobres pecadores.

     Quiero, hija mía, que escojas discípulos para los últimos tiempos. Tú, hija mía, haz sacrificios. El tiempo se aproxima y los hombres no cambian. Quiero que os reunáis todos en este lugar, que hagáis vigilias, hijos míos, ofreciéndolas por la paz del mundo, pues el mundo, hija mía, está al borde del precipicio, hija mía. Haced sacrificios, haced caso de mis avisos, no os riáis, hijos míos. Os estoy dando avisos constantemente, para que os salvéis. Yo te diré, hija mía, quienes cogerás para apóstoles de los últimos tiempos.

     Sigo repitiendo: me agradaría que en este lugar se construyese una capilla en honor a mi nombre, hija mía —no me hacen caso—, y que se reúnan aquí para meditar la Pasión de mi Hijo. Hijos míos, tened compasión de mi Corazón Inmaculado, mi Corazón triunfará; refugiaos en él. Yo derramaré gracias sobre la Tierra para que podáis alcanzar las moradas celestiales.

     Quiero, hijos míos, que sigáis rezando el santo Rosario; me agradaría que se rezasen las tres partes del Rosario. Por el Rosario, por el sacramento de la Confesión y arrimándoos a la Eucaristía, salvaréis muchas almas, hijos míos. Os lo pide, hijos míos, vuestra Madre misericordiosa, pero vuestra Madre llena de dolor. No seáis ingratos.

     Todos, hijos míos, todos aquéllos que se refugien en mi Inmaculado Corazón y que comulguen todos los primeros sábados de mes, les prometo recibir su recompensa en el Cielo; pero, hijos míos, antes tenéis que arrimaros al sacramento de la Confesión. ¡Cuántos no lo habéis hecho! No pensáis en el gran peligro que está vuestra alma.

     Sí, hijos míos, me gustaría que se hiciese en este lugar una capilla en honor a mi nombre. No hacen caso, hijos míos; todo aquél que no escucha mis mensajes, será castigado, hijos míos. Tú, hija mía, sé humilde, haz más sacrificio y ofrécelo por los pobres pecadores.

     Besa el suelo, hija mía... Por las almas consagradas. ¡Cuántas almas consagradas están arrastrando a muchas almas al abismo, hija mía! Pedid por ellas, hijos míos, ¡las amo tanto, y qué mal me corresponden!

     Mira, hija mía, mira mi Corazón Inmaculado, mira como está transido de dolor por todos mis hijos, por todos sin distinción de raza. Quita cuatro espinas, hija mía. Con vuestras oraciones y vuestros sacrificios se han purificado cuatro. Quítalas sin miedo, hija mía... No tengas miedo, hija mía... No tengas miedo, hija mía, tienes que estar contenta, se han purificado cuatro por vuestras oraciones, hijos míos. ¡Me agradan tanto vuestras oraciones!

     Escribe otro nombre, hija mía, en el Libro de la Vida... Hay muchos nombres, hija mía, en el Libro de la Vida; estos nombres no se borrarán jamás.

     Ofrécete, hija mía, ofrécete como víctima en reparación de todos los pecados del mundo. Vale la pena sufrir, hija mía, para recibir una gran recompensa.

     Besa el Libro, hija mía... Nunca jamás, hija mía, se borrará este nombre.

     Ofrécete en reparación por las almas consagradas; ayúdame, hija mía, ayúdame a llevar la Cruz con mi Hijo.

     Besa los pies, hija mía...

     No vas a beber del cáliz del dolor; queda muy poco, hija mía. El cáliz de la misericordia de Dios ya está hasta los topes, hija mía, ya se está saliendo. El Padre, hija mía, va a mandar a sus ángeles para juzgar a toda la Humanidad, y a cada uno le dará según sus obras, hijos míos.

     Amad a vuestro prójimo, hijos míos; el que no ama al prójimo, no ama a mi Hijo.

     Y tú, hija mía, humíllate, déjate calumniar. Piensa en mi Hijo, hija mía, que estaba haciendo milagros y le llamaban endemoniado, y no creían en Él, hija mía; piensa que si no creían en mi Hijo, tú no eres más que Él, hija mía. También piensa que te ha escogido mi Hijo, no le has escogido tú a Él; por eso, hija mía, tienes que hacerte pequeña, muy pequeña, para subir alto, muy alto.

     Hijos míos, os bendigo, porque el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Bendecid, hijos míos, y alabad a vuestro Dios, sólo Él puede salvaros por intercesión de su Madre.

     Adiós.


 

COMENTARIO A LOS MENSAJES

 

23-Abril-1983

 

     «Sólo, hija mía, sólo voy a pedirte que hagáis sacrificios, hijos míos, que no hacéis sacrificios por los pobres pecadores.

     Quiero, hija mía, que escojas discípulos para los últimos tiempos. Tú, hija mía, haz sacrificios. El tiempo se aproxima y los hombres no cambian. Quiero que os reunáis todos en este lugar, que hagáis vigilias, hijos míos, ofreciéndolas por la paz del mundo, pues el mundo, hija mía, está al borde del precipicio, hija mía. Haced sacrificios, haced caso de mis avisos, no os riáis, hijos míos. Os estoy dando avisos constantemente, para que os salvéis» (La Virgen).

 

     ¿Qué hemos de entender cuando la Virgen habla de sacrificios? En un comentario reciente ofrecíamos una explicación sobre esto. Decíamos entonces: «No es lo mismo hacer “penitencia”, como virtud, que hacer “penitencias”, que equivaldría a “sacrificios” y “mortificaciones”»(1). Pide, pues, la Virgen hacer sacrificios o mortificaciones; hablemos de este tema, para ahondar en una espiritualidad tan presente en los Evangelios.

 

     La Sagrada Escritura, en general, nos muestra la necesidad absoluta del sacrificio o de la abnegación para amar a Dios y al prójimo. Las palabras de Jesucristo son claras al respecto: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25). Para ser verdadero discípulo de Jesús, hay que renunciar a sí mismo: a las malas inclinaciones, al egoísmo, la soberbia, la sensualidad, la comodidad, etc.; aceptar humildemente las cruces que el Señor nos envíe, para purificarnos así de nuestros pecados y ofrecerlo por todas las ofensas que se cometen contra los Corazones de Jesús y de María, como tantas veces nos enseñan los mensajes de Prado Nuevo:

 

·        «Besa el suelo, hija mía, en reparación de tantas y tantas blasfemias como se cometen en el mundo a los Corazones de Jesús y de María» (La Virgen, 1-12-1990).

·        «Amad nuestros Corazones, que están muy ofendidos, hijos míos. Amad el Corazón Inmaculado de María y el Divino Corazón de Jesús» (La Virgen, 3-9-1994).

·        «Luchad, hijos míos, y no os dejéis conquistar por palabras que regalen vuestros oídos, por comodidades para vuestro cuerpo. Sed fieles a la voluntad de Dios, amad nuestros Corazones» (La Virgen, 2-2-2002).

 

     A veces, ante las pruebas, los sufrimientos, las cruces en definitiva, nos lamentamos diciendo: «Pero, ¿es que no hay otro camino para llegar al Cielo?». Si nos fijamos en la vida de Cristo, observamos que, desde el Pesebre hasta el Calvario, recorrió el camino con una larga serie de fatigas, humillaciones y trabajos que culminaron en su Pasión y Muerte en la Cruz. Si pudiera ofrecernos otro camino más seguro, lo hubiera hecho; pero Él sabía que era el único, siendo el primero en recorrerlo para que después nosotros siguiéramos sus huellas: «Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32).

 

     Es preciso, entonces, hacer muchos actos de amor y de sacrificio, pues el amor es siempre sacrificado para ser auténtico. Sin embargo, no pensemos sea esto algo complicado; nos puede servir lo que explica san Francisco de Sales en su inmortal obra Introducción a la vida devota: «La devoción verdadera y viva (...) presupone amor de Dios, o por mejor decir, es verdadero amor de Dios... Y como la devoción estriba en un grado excelente de caridad, no sólo nos hace prontos, activos y diligentes para guardar los mandamientos de Dios, sino también para practicar pronta y gustosamente cuantas más obras buenas podamos, aunque no sean de precepto, sino solamente de consejo o inspiradas». Todo ello supone, si se sabe aplicar, un excelente ejercicio de mortificación.

 

     El tema de los apóstoles de los últimos tiempos ha sido tratado aquí en alguna ocasión anterior(2), por lo que no entramos ahora en su explicación, además de no ser fácil su discernimiento quedando en el terreno del misterio.

 

     Pide dos veces la Virgen la Capilla en su honor, aludiendo a uno de los fines de la misma, que es meditar la Pasión de Cristo: «Sigo repitiendo: me agradaría que en este lugar se construyese una capilla en honor a mi nombre, hija mía —no me hacen caso—, y que se reúnan aquí para meditar la Pasión de mi Hijo (...). Sí, hijos míos, me gustaría que se hiciese en este lugar una capilla en honor a mi nombre».

 

     En varios fragmentos del mensaje hay referencias al Corazón Inmaculado de María y una promesa relacionada con la práctica de la comunión reparadora de los primeros sábados:

 

·        «Hijos míos, tened compasión de mi Corazón Inmaculado, mi Corazón triunfará; refugiaos en él».

·        «Todos, hijos míos, todos aquéllos que se refugien en mi Inmaculado Corazón y que comulguen todos los primeros sábados de mes, les prometo recibir su recompensa en el Cielo».

·        «Mira, hija mía, mira mi Corazón Inmaculado, mira cómo está transido de dolor por todos mis hijos, por todos sin distinción de raza. Quita cuatro espinas, hija mía. Con vuestras oraciones y vuestros sacrificios se han purificado cuatro».

 

     Más abajo, la Virgen insiste una vez más en el precepto de la caridad, tan repetido en los mensajes de Prado Nuevo: «Amad a vuestro prójimo, hijos míos; el que no ama al prójimo, no ama a mi Hijo», en consonancia con la Primera Carta de san Juan: «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de Él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano»(3). «En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano»(4).



(1) Bendición y comentario (3-11-2007).

(2) Cf. Comentario al mensaje de 6 de agosto de 1982 (Bendición: 2-7-2005).

(3) 1 Jn 4, 20-21.

(4) 1 Jn 3, 10.