"Yo prometo a todo el que rece el Santo Rosario diariamente y comulgue los primeros sábados de mes,
asistirle en la hora de la muerte.
"
(El Escorial. Stma. Virgen, 5-03-82)

VIRGEN DOLOROSA "Todos los que acudís a este lugar, hijos míos, recibiréis gracias muy especiales en la vida y en la muerte."
(El Escorial. El Señor, 1-1-2000)

 

BENDICIÓN DEL DÍA 4 DE MARZO DE 2006, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

         LA VIRGEN:

 

         Levantad todos los objetos. Todos serán bendecidos para el día de las tinieblas.

 

       Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.


MENSAJE DEL DÍA 21 DE NOVIEMBRE DE 1982, SOLEMNIDAD DE CRISTO REY,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Sí, hijos míos, hija mía, soy la Madre de los Dolores, hija mía. Os traigo la luz, el amor y la paz, hijos míos. Quiero que pidáis por la salvación de todo el mundo, hijos míos. La copa, hijos míos, de la misericordia está llena, hijos míos; la de la justicia va a llegar de un momento a otro; haced oración, haced penitencia, hijos míos. Está a punto que el Hijo de Dios, Cristo, Rey de reyes, vendrá con sus ángeles en una nube con su gran poder y gran majestad. Haced penitencia por los que no la hacen, rezad por los que no rezan. Hijos míos, la justicia del Padre está a punto de hacer justicia por toda la Humanidad.

     Rezad el santo Rosario; con el santo Rosario se puede salvar la mayor parte de la Humanidad. Y tú, hija mía, apura el cáliz del dolor por la salvación de las almas, hija mía. Pedid por las almas consagradas; el enemigo se está apoderando de muchos de esos hijos, hija mía; oración y penitencia. Hija mía, bebe del cáliz del dolor... Hija mía, sientes amargura, hija mía... Esa amargura, hija mía, la siente mi Corazón por todos mis hijos, hija mía; no quiero que se condenen, quiero salvar por lo menos la tercera parte de la Humanidad. Mira, hija mía, qué dolor siento tan profundo. Mi Corazón está transido de dolor, hija mía; mira cómo sangra. Quita dos espinas, dos nada más... No toques más, hija mía... Éstas son las almas, hija mía... Estas almas son las que no cumplen, mis almas consagradas.

     Escribe un nombre, hija mía... Besa el Libro, hija mía, el Libro de la Vida... Este nombre, hija mía, no se borrará jamás...

     Besa el suelo, hija mía... Por mis almas consagradas, hija mía. Levántate, hija mía. Arrodíllate, hija mía; es un acto de humildad para la salvación de toda la Humanidad. Besad el suelo, hijos míos... Por la conversión de todos los pecadores, por la conversión de Rusia, hija mía; pedid, hija mía, que Rusia se convierta; Rusia será el azote de la Humanidad, hija mía.

     Oración pido, oración y penitencia, hija mía. Al fin, hija mía, ¡pobres hijos míos!, el que no consiga llegar a la vida eterna, hijos míos, mira lo que les espera... (Luz Amparo gime impresionada). Esto, hija mía, es para toda, toda la eternidad, este sufrimiento.

     Por eso, hija mía, siento tanta pena. Pedid, hijos míos, por los pobres pecadores, hijos míos. Y tú, hija mía, sé humilde.

     Os doy la santa bendición: en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo.


 

COMENTARIO A LOS MENSAJES 

21-Noviembre-1982

 

         «...soy la Madre de los Dolores, hija mía. Os traigo la luz, el amor y la paz, hijos míos. Quiero que pidáis por la salvación de todo el mundo, hijos míos. La copa, hijos míos, de la misericordia está llena, hijos míos; la de la justicia va a llegar de un momento a otro; haced oración, haced penitencia» (La Virgen).

 

         Se manifiesta esta vez la Virgen como «Madre de los Dolores» y como portadora de «la luz, el amor y la paz». ¡Qué imagen tan bella para presentarse! María Santísima es verdaderamente ese vaso precioso que, al ofrecernos a su Hijo Jesús, ha traído con Él la luz para este mundo en tinieblas; el amor encarnado para librar a los hombres del odio, del enfriamiento de la caridad; la paz a la Tierra que se convulsiona en medio de guerras, muertes, discordias...

 

         La misma Virgen, años más tarde, expresará bellamente unas palabras que completan el mensaje que estamos comentando: «Si dentro de mis entrañas vino la Luz al mundo, ¿cómo los hombres quieren hacer desaparecer a la Madre de Dios, que trajo la Luz al mundo para el bien de la Humanidad?»(1). Y es san Juan quien de modo sublime afirma en su Evangelio: «La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo»(2). Por eso, nuestra Madre se hace presente entre nosotros para transmitirnos esa Luz que es su mismo Hijo Jesucristo, quien dijo de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida»(3).

 

         En coincidencia, Benedicto XVI asocia en su primera encíclica, Deus Caritas est, dos términos, de los que la Virgen se hace portadora en este mensaje, y los identifica: amor y luz. Afirma el Papa: «El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (n. 39).

 

         Al afirmar la Virgen: «La copa, hijos míos, de la misericordia está llena» nos da a entender que Dios nos entrega toda su misericordia, que es infinita, pero que el hombre la desprecia y su Madre —por así decir— ya no puede hacer más para ofrecernos el amor y el perdón de su Hijo. Por este motivo, la copa de la justicia «va a llegar de un momento a otro»; es decir, va a ser aplicada, aunque esa inminencia que señala tenga el mismo sentido que tienen ciertas expresiones bíblicas, donde el tiempo de Dios no es nuestro tiempo y se mide con otros parámetros. Para evitar la aplicación de esa justicia divina, se nos ofrecen dos remedios que tantas veces han aplacado la justa ira de Dios (recuérdese el caso de Nínive y el profeta Jonás(4), p. ej.): la oración y la penitencia.

 

         «Está a punto que el Hijo de Dios, Cristo, Rey de reyes, vendrá con sus ángeles en una nube con su gran poder y gran majestad» (La Virgen).

 

         El texto anterior tiene varias concordancias, concretamente del Nuevo Testamento. El título de «Rey de reyes» es otorgado al Hijo de Dios, Jesús, tanto en el Apocalipsis(5), así como aparece en las cartas de san Pablo: «Te recomiendo en la presencia de Dios que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo (...), que conserves el mandato sin tacha ni culpa hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, manifestación que a su debido tiempo hará ostensible el Bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y el Señor de los señores»(6). La otra frase corresponde al Evangelio: «Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la Tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria»(7).

 

         «Esa amargura, hija mía, la siente mi Corazón por todos mis hijos, hija mía; no quiero que se condenen, quiero salvar por lo menos la tercera parte de la Humanidad» (La Virgen).

 

         La referencia a la tercera parte de la Humanidad y a su salvación está incluida en algunos mensajes de Prado Nuevo, y tiene reminiscencias en el libro de Ezequiel: «Y sucederá en toda esta tierra —oráculo de Yahveh— que dos tercios serán en ella exterminados (perecerán) y el otro tercio quedará en ella. Yo meteré en el fuego este tercio: los purgaré como se purga la plata y los probaré como se prueba el oro»(8). Acudamos a la Madre de Dios en la gran misión de conducir almas a la Gloria. Es cierto que el Único Salvador es Jesús, pero conociendo la mediación subordinada de María, nos dirigiremos a Ella confiados, y podremos cantarla con la piedad popular: «♪ Sálvame, Virgen María; óyeme, ten imploro con fe. Mi corazón en Ti confía; Virgen María, sálvame; Virgen María, sálvame... Sálvame ♪».

 

         El contenido de otros fragmentos del mensaje ha sido analizado en comentarios anteriores; nos fijamos sólo en el siguiente: «Besa el suelo, hija mía... Por mis almas consagradas, hija mía. Levántate, hija mía. Arrodíllate, hija mía; es un acto de humildad para la salvación de toda la Humanidad. Besad el suelo, hijos míos...» (La Virgen).

 

         Con frecuencia, el Señor y la Virgen piden a Luz Amparo besar el suelo; aquí la petición se extiende a todos los que estaban presenciando el éxtasis. Este acto de voluntaria humillación será juzgado por el mundo como inadmisible; hasta algunos, que se consideran cristianos, lo juzgarán como muestra de fanatismo. ¡Qué diferente modo de pensar el de las almas humildes! La Virgen indica en este mensaje el sentido de dicha acción: es un acto de humildad y tiene como fin la salvación de la Humanidad, con especial mención de las almas consagradas. Es la misma Señora que en Lourdes, en la gruta de Massabielle, el 25 de febrero de 1858, le comunicó algo similar a Bernadette Soubirous, durante una de sus manifestaciones. Tras el encuentro con la Madre de Dios, se registró el siguiente diálogo: —¿Qué te ha dicho? —Ve a beber a la fuente y a lavarte. —¿Y la hierba que has comido? —Me lo dijo también... —¿Qué te ha dicho? —Come esa hierba que hay allí. —¡Los animales comen hierba! —¿Por qué toda esta agitación hoy? Ayer «Aquero» (la Virgen) me dijo que besara la tierra como penitencia por los pecadores. —¿Sabes que creen que estás loca si haces esas cosas? —Por los pecadores...

         En todo este proceso, la niña se arrodilla, realiza lo que la Virgen le indica e interpreta, además, que ha de escarbar con sus manos la tierra en busca del manantial; acaba, por ello, ensuciándose de lodo, y queda humillada ante los demás, que la toman por loca; pero a nosotros nos ofrece un ejemplo de sencillez y humildad. No busca razones a la orden incomprensible de la Virgen, sino que, arrastrada por su amor, obedece ciega e inconscientemente. Del mismo modo, obra Luz Amparo y todo aquél que, sin importarle las críticas de los demás, prefiere agradar a Dios(9) .


(1) 6-3-1993.

(2) Jn 1, 9.

(3) Jn 8, 12.

(4) Cf. Jon 3, 1-10.

(5) Cf. Ap 17, 14; 19, 16.

(6) 1 Tm 6, 13-15.

(7) Mt 24, 30; cf. Mc 13, 26; Lc 21, 27.

(8) Za 13, 8-9.

(9) Cf. Franz Werfel, La canción de Bernadette [Madrid, 1984] pp. 213-216.


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