"Yo prometo a todo el que rece el Santo Rosario diariamente y comulgue los primeros sábados de mes,
asistirle en la hora de la muerte.
"
(El Escorial. Stma. Virgen, 5-03-82)

"Todos los que acudís a este lugar, hijos míos, recibiréis gracias muy especiales en la vida y en la muerte."
(El Escorial. El Señor, 1-1-2000)

BENDICIÓN DEL DÍA 4 DE JUNIO DE 2005, PRIMER SÁBADO DE MES,
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

LA VIRGEN:

Levantad todos los objetos. Todos serán bendecidos con una bendición muy especial de mi Divino... y del Inmaculado Corazón de María; los dos Corazones en uno.

Os bendigo, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.


MENSAJE DEL DÍA 9 DE ABRIL DE 1982

(Luz Amparo entra en éxtasis y ve al Señor sufrir la Pasión).

EL SEÑOR:

Sí, hija mía, este tormento lo acepté por amor a toda la Humanidad; por amor a los humanos, acepté las burlas, las bofetadas, los salivazos, las calumnias; estos sufrimientos los recibe mi cuerpo diariamente por la perversidad de los hombres. Por eso los formadores, con apariencia de santos, que hacen y deshacen sin cesar, están diariamente arrastrando multitud de almas al abismo. Esos malos pastores que rehúsan entrar en mi rebaño, que son veletas y cambian mi doctrina como el viento. Todos éstos no entrarán en mi Reino. El que quiera entrar en mi Reino tiene que coger mi Cruz y seguirme. El camino para llegar a mí es la luz, la oración y el sufrimiento.

Haz penitencia, hija mía, sé fuerte, vas a sufrir mucho; piensa en mi sufrimiento por todas esas almas tan ingratas, piensa en mis palabras: “Dichosos los que sufren por mi causa, porque ellos serán premiados”. Hija mía, sé fuerte y sé humilde; abandónate en mí, que yo te ayudaré.

Adiós, hija mía, adiós; te doy mi santa bendición.

COMENTARIO A LOS MENSAJES
9-Abril-1982

En este mensaje, como en tantas ocasiones, Luz Amparo contempla al Señor sufriendo la Pasión:

«Sí, hija mía, este tormento lo acepté por amor a toda la Humanidad; por amor a los humanos, acepté las burlas, las bofetadas, los salivazos, las calumnias; estos sufrimientos los recibe mi cuerpo diariamente por la perversidad de los hombres» (El Señor).

ˇQué gran amor el de Jesucristo! Todo un Dios sometido a los desprecios y perversidades de los hombres. El Señor del Universo, el Rey de reyes, el Todopoderoso ofendido por sus criaturas, que le pagamos mal por bien, desamor por amor, traición por lealtad... Es el Corazón de Jesús quien así se lamenta, el mismo que se manifestó a santa Margarita María de Alacoque y le hizo la denominada «gran revelación»; en una de sus comunicaciones le dice a la santa, con dolor y ternura, mientras ésta oraba ante el Santísimo expuesto: «He aquí este Corazón que ha amado tanto a los hombres, que no se ha reservado nada hasta agotarse y consumirse para testimoniarles su amor, y en agradecimiento no recibe de la mayor parte más que ingratitudes, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por la maldad y el desprecio que tienen por él en este Sacramento de amor. Pero me duele aún más que se porten así corazones que me están consagrados»(1) (junio de 1675 en la octava del «Corpus Christi»).

Seamos verdaderos discípulos de Cristo, amigos del «Amigo que nunca falla», porque es «fiel y veraz» (cf. Ap 19, 11), y correspondamos a su caridad y entrega por nosotros con una renovada fidelidad y un amor cada día más ardiente a su Divino Corazón, que se haga efectivo en las obras de misericordia con el prójimo.

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(1)José Ma Sáenz de Tejada, S. J., Vida y obras principales de santa Margarita María de Alacoque (Madrid, 1977) p. 28.


MENSAJE DEL DÍA 16 DE ABRIL DE 1982

LUZ AMPARO:

¡Qué cosa más bonita, Dios mío! ¡Ay, qué ángeles! ¡Ay, qué luz, Dios mío! ¡Ay, qué cosa más bonita, Dios mío! ¡Ay, qué ángeles! ¡Ay! ¿Cuál es éste? Si se parecen los dos. ¿Cuál es, Dios mío? Si son iguales. ¡Ay, Dios mío! ¡Qué resplandores, Dios mío! ¡Ay, qué bonito, Señor! ¡Ay! ¿Qué quieres, Dios mío? Hoy no me ha pasado esto. ¿Qué quieres, Dios mío? ¡Ay, ay! ¿Quién me va dar el mensaje? ¿El arcángel san Miguel?

EL SEÑOR:

Sí, hija mía, te daré el aviso por el arcángel san Miguel.

ARCÁNGEL SAN MIGUEL:

Recibe este mensaje. Éste es el último mensaje que daré a los humanos. Pero di a todos que todos esos mensajes que he dado serán cumplidos desde el primero hasta el último, y que la ira de Dios Padre se derramará sobre la Humanidad, sobre los hipócritas, los farsantes de mi Iglesia, los impuros. Tú, hija mía, cumple con todo lo que yo te he explicado; publica todo lo que has visto, todo lo que te he enseñado, y di a todos que enmienden sus vidas, que cumplan con los mandamientos de la Ley de Dios. Me manifestaré muchas veces a ti; pero no te daré más mensajes para la Humanidad; sólo te digo que todo lo que te he manifestado será cumplido. Que hagan oración, penitencia y amen al prójimo. Te sigo repitiendo, hija mía, que fuera de mi Iglesia, de la Iglesia de Cristo, no hay salvación. Todo lo dejé escrito en la ley de mis Evangelios. Hija mía, no tengas miedo y sigue repitiéndolo, que sin Cristo no hay salvación. Di a todos mis apóstoles, hija mía, que sigan haciendo esa obra tan bonita, me agrada mucho. Tendrán muchos impedimentos, hija mía, por los mismos que se llaman hijos de Dios. Tendrán persecución, pero que sigan adelante, como a mis discípulos también los persiguieron; pero vale la pena hacer apostolado y recibir la recompensa eterna.

Y tú, hija mía, sé humilde, la humildad es lo que más me gusta. Sé humilde y ofrece todo por la salvación de mi Iglesia, hija mía.

Adiós; os doy a todos mi santa bendición. Sed humildes, hijos míos, sed humildes.

COMENTARIO A LOS MENSAJES
16-Abril-1982

Al entrar en éxtasis, Luz Amparo se llena de admiración ante una visión de ángeles que le es mostrada: «;Qué cosa más bonita, Dios mío! ˇAy, qué ángeles! ˇAy, qué luz, Dios mío! ˇAy, qué cosa más bonita, Dios mío! ˇAy, qué ángeles!».

Después, se manifiesta san Miguel Arcángel, que se hace portavoz de las palabras del Señor hablando en su nombre: «Recibe este mensaje. Éste es el último mensaje que daré a los humanos. Pero di a todos que todos esos mensajes que he dado serán cumplidos desde el primero hasta el último, y que la ira de Dios Padre se derramará sobre la Humanidad, sobre los hipócritas, los farsantes de mi Iglesia, los impuros (...), y di a todos que enmienden sus vidas, que cumplan con los mandamientos de la Ley de Dios (...). Tendrán persecución, pero que sigan adelante, como a mis discípulos también los persiguieron; pero vale la pena hacer apostolado y recibir la recompensa eterna».

Sólo en otro mensaje de Prado Nuevo (19-3-1982) se manifiesta el Arcángel san Miguel, al que se menciona en total ocho veces en los mensajes de Prado Nuevo, y Luz Amparo lo ve en dos ocasiones más; el 29 de enero de 1982 ella misma contempla a san Miguel junto a dos arcángeles más: san Gabriel y san Rafael. No hubo mensaje aquella vez; por ello esta visión no se incluye en la recopilación de los mensajes de Prado Nuevo. Luz Amparo pregunta a la Virgen sobre cierto ángel que le llama poderosamente la atención: «¿Quién es ese ángel?». La Virgen le responde: «¿No lo conoces? Es san Miguel». Luego ve un coro de serafines cantando y, detrás de éstos, los tres arcángeles más conocidos para nosotros: san Miguel empuñaba una espada en su mano diestra; san Rafael llevaba colgada sobre el pecho una placa rectangular muy brillante, en la que destacaban el rostro de Dios Padre; en el centro, una paloma, y debajo, el Hijo resplandeciente; san Gabriel portaba entre sus manos un hermoso libro, con una imagen de la santísima Virgen en la portada... Son verdaderamente descripciones maravillosas que nos confirman la existencia de un mundo sobrenatural, no visible para nosotros, pero tan real como lo que nos rodea y contemplamos día a día con los ojos de la carne. Es el mundo de los ángeles.

Según nuestra fe católica la existencia de los ángeles queda fuera de toda duda. San Gregorio Magno llega a decir de manera hiperbólica: «En casi todas las páginas de las Sagradas Escrituras está contenida la existencia de los ángeles», y ciertamente que aparece en muchas de ellas: dos ángeles avisan a Lot del peligro que corren él y su familia ante el castigo que se avecina, y les impele a que abandonen Sodoma (cf. Gn 19, 12 ss); un ángel asiste a Agar y su hijo cuando caminan sedientos por el desierto (cf. Gn 21, 17-18). Un ángel socorre a Elías y le proporciona pan y agua para el camino cuando huye de la persecución de Jezabel (cf. 1 R 19, 5. 7). El arcángel san Rafael acompaña por el camino a Tobías, y colma de bendiciones a él y a su familia (cf. Tb 11, 11 ss). Si nos fijamos en el Nuevo Testamento, vemos también cómo el Ángel del Señor libra a san Pedro de las cadenas y le abre las puertas de la cárcel (cf. Hch 12, 7-10). Un ángel consolador conforta a Jesús en su agonía de Getsemaní (cf. Lc 22, 43). En el libro del Apocalipsis son continuas las referencias a los ángeles, que actúan bajo las órdenes de Dios, son ministros del Altísimo y le glorifican.

Santo Tomás de Aquino es llamado el Doctor Angélico por su doctrina precisa sobre estos seres espirituales en su Tratado de los Ángeles'(2). Sobre la jerarquía angélica se puede leer lo escrito por el denominado Pseudo Dionisio Areopagita, cuya obra La jerarquía celeste (3) es básica al referirse a la doctrina sobre los ángeles.

En el Magisterio reciente, podemos citar al amado papa Juan Pablo II, quien en una catequesis afirmó: «La Iglesia, iluminada por la luz que proviene de la Sagrada Escritura, ha profesado a lo largo de los siglos la verdad sobre la existencia de los ángeles como seres puramente espirituales, creados por Dios. Lo ha hecho desde el comienzo con el Símbolo nicenoconstantinopolitano y lo ha confirmado en el Concilio Lateranense IV (1215), cuya formulación tomó el Concilio Vaticano I en el contexto de la doctrina sobre la creación y el Vaticano II» (6-8-1986).

Y el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición»"(4).

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(2)Suma Teológica, I, qq. 50-64. Véase también La conservación y gobierno de las cosas por Dios (Suma Teológica, I, qq. 106-114).

(3) Obras completas del Pseudo Dionisio Areopagita (Madrid, 1995) pp. 119-186.

(4) CIC, n. 328.

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