"Yo prometo a todo el que rece el Santo Rosario diariamente y comulgue los primeros sábados de mes,
asistirle en la hora de la muerte.
"
(El Escorial. Stma. Virgen, 5-03-82)

"Todos los que acudís a este lugar, hijos míos, recibiréis gracias muy especiales en la vida y en la muerte."
(El Escorial. El Señor, 1-1-2000)

BENDICIÓN DEL DÍA 1 DE ENERO DE 2005, PRIMER SÁBADO DE MES,
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

LA VIRGEN:

Levantad todos los objetos. Todos serán bendecidos con bendiciones especiales para los pobres moribundos.

Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.


MENSAJE DEL 12 DE MARZO DE 1.982

HABLA EL SEÑOR:

"No temas, hija mía, aquí estoy, no temas nada; piensa en la divina voluntad de Dios. También te digo lo que he dicho a otras almas: Tengo sed, sed de almas que ofrezcan a mi Corazón un consuelo proporcionado al dolor que me causan tantos pecadores. Tengo mucha necesidad de víctimas pero de víctimas fuertes. Para calmar la ira justa y divina del Padre Eterno, necesito almas cuyos padecimientos, tribulaciones, incomodidades de la vida reparen la malicia, la ira y la ingratitud de los hombres.

Sufre, hija mía; ofrécelo por la salvación de los pobres pecadores. Piensa que para llegar al Cielo, se va, de ordinario, por el camino del dolor. También diles a todos que dejen de pecar; que en estos días tan señalados para Mí, que se mortifiquen, que hagan oración, que me hagan una visita, que les estoy esperando; que estoy muy triste; que estos días se aparten de las diversiones; que confiesen sus pecados; que cumplan con los mandamientos de la ley de Dios, que vivan la doctrina que Yo enseñé. Que no escuchen doctrinas falsas, que crean en Mí que soy el Buen Pastor, y Yo conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a Mí; por eso dí mi vida para salvar a mi rebaño, aunque hay muchas ovejas que están fuera de mi rebaño.

Esos que no quieren escuchar la palabra de mi santa y pura Madre, que la desprecian, no pueden entrar dentro de mi rebaño. Todos esos son los que publican esas doctrinas falsas; ¡esas no son mis ovejas! Mis ovejas escuchan mi voz y Yo las conozco a ellas y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y ellas no perecerán nunca jamás. Las guarda mi Padre y estando con mi Padre están conmigo. Porque Yo y el Padre somos Uno. Tú, hija mía, sigue acercándote; atrae ovejas a mi rebaño. Se están salvando muchas almas. Sé humilde, y no dejes de recibirme. Recíbeme todos los días. Yo te daré fuerzas para perseverar y salvarte. Seguid rezando el santo Rosario. También te pido, hija mía, que seas humilde.

Adiós, te doy mi santa Bendición.

También diles a todos que hagan apostolado. A mí me agradó tanto ir de pueblo en pueblo sin tener miedo al frío, ni a la lluvia... Pasamos mucha hambre. En muchos lugares tendrán grandes dificultades. También las tuvimos nosotros. Seguid adelante. Donde os cierren las puertas, no volváis la vista atrás. Sed humildes; no os rebeléis contra nadie ni contra nada. Dad ejemplo de vuestra humildad, hijos míos. También tenéis que ser prudentes.

Adiós, hijos míos, os doy mi santa Bendición."

COMENTARIO A LOS MENSAJES

12-Marzo-1982

«No temas, hija mía, aquí estoy, no temas nada; piensa en la divina voluntad de Dios» (El Señor).

Ya señalábamos en un comentario reciente la importancia de buscar la voluntad de Dios y cumplirla para conseguir la santificación. Esta vez, el Señor propone a Luz Amparo que piense en esa «divina voluntad» para alejar cualquier temor y aceptar lo que Él envíe.

«¿Qué es la santidad?», preguntaba el papa Juan Pablo II. Y respondía: «Es precisamente la alegría de hacer la voluntad de Dios»(1). El Santo Cura de Ars, por su parte, ofrece una luminosa enseñanza sobre el mismo tema relacionándolo con las tentaciones: «Yo no sé si alcanzáis a comprender lo que es tentación. No sólo son tentación los pensamientos de impureza, de odio, de venganza, sino además todas las molestias que nos sobrevengan: tales como una enfermedad en que nos sentimos movidos a quejarnos, una calumnia que se nos levanta, una injusticia que se hace contra nosotros, una pérdida de bienes, el morírsenos el padre, la madre, un hijo. Si nos sometemos gustosos a la voluntad de Dios, entonces no sucumbimos a la tentación, pues el Señor quiere que suframos aquello por su amor; mientras que, por otra parte, el demonio hace cuanto puede para inducirnos a murmurar contra Dios»(2).

«También te digo lo que he dicho a otras almas: tengo sed, sed de almas que ofrezcan a mi Corazón un consuelo proporcionado al dolor que me causan tantos pecadores».

Decía la beata Teresa de Calcuta: «Jesús es Dios; por tanto, su amor, su sed es infinita. Nuestra meta es apagar esta sed infinita de un Dios hecho hombre». Las Misioneras de la Caridad, fundadas por ella, suelen colocar en sus capillas las palabras "tengo sed" junto al rostro de Jesús crucificado.

«Tengo mucha necesidad de víctimas, pero de víctimas fuertes. Para calmar la ira justa y divina del Padre Eterno. Necesito almas cuyos padecimientos, tribulaciones, incomodidades de la vida suplan la malicia y la ira y la ingratitud de los hombres».

Vuelve a aparecer la referencia a las almas víctimas, cuya explicación ya ofrecimos en otro comentario a los mensajes,(3)y de las cuales necesita el Señor para suplir y compensar a aquellas otras que obran con maldad, ira y son ingratas ante los beneficios divinos. Se habla en este mismo párrafo de «la ira justa y divina del Padre Eterno»; ¿cómo hemos de entenderlo? No desde luego como uno de los pecados capitales, pues en Dios es impensable, ni siquiera cabe en Él como defecto o apetito desordenado de venganza. En cambio, si la consideramos como manifestación de su justicia o celo por su gloria, sin duda que está en perfecta consonancia, p. ej., con la Sagrada Escritura: «Por haber provocado la ira de Dios, habéis sido entregados a los enemigos», dice la profecía de Baruc (4, 6). «Así dice tu Señor Yahveh, tu Dios, defensor de tu pueblo. Mira que yo te quito de la mano la copa del vértigo, el cáliz de mi ira; ya no tendrás que seguir bebiéndolo» (Is 51, 22). Recordemos también el pasaje narrado por san Juan en su Evangelio, cuando Jesús expulsa a los mercaderes del Templo: «Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: "Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado". Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: el celo por tu Casa me devorará» (Jn 2, 14-17).

Predicaba san Antonio María Zacarías: «Nuestros enemigos se hacen mal a sí mismos y nos prestan a nosotros un servicio, ya que nos ayudan a conseguir la corona de la gloria eterna, mientras que provocan sobre ellos la ira de Dios, y por esto debemos compadecerlos y amarlos en vez de odiarlos y aborrecerlos».

Seguidamente, hay una serie de frases relacionadas con la figura del Buen Pastor, y que corresponden a otras tantas citas del Evangelio según san Juan:

«Todos ésos son los que publican esas doctrinas falsas, ¡ésas no son mis ovejas! Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco a ellas y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y ellas no perecerán nunca jamás. Las guarda mi Padre, y estando con mi Padre están conmigo. Porque yo y el Padre somos uno».

En las últimas líneas, le pide el Señor a Luz Amparo: «Sé humilde, y no dejes de recibirme. Recíbeme todos los días. Yo te daré fuerzas para perseverar y salvarte».

En el trascendental negocio de la salvación eterna no basta iniciar el camino, sino que es preciso culminarlo hasta la meta, que es el Cielo. «El que persevere hasta el fin, ése se salvará», dice Cristo en el Evangelio. Es fundamental, pues, practicar la virtud de la perseverancia, que inclina al hombre a luchar hasta el fin, y modera cierta clase de pasiones, a saber: el temor a la fatiga o el desfallecimiento causado por la larga duración. No hay que confundir la perseverancia con la constancia; santo Tomás presenta a ambas como pertenecientes a la virtud cardinal de la fortaleza, y explica: «La perseverancia y la constancia coinciden en cuanto al fin, porque lo que se proponen la una y la otra es mantenerse firmes en la práctica de alguna obra buena. Difieren, sin embargo, en los impedimentos que hacen que resulte difícil la persistencia en el bien obrar, pues la virtud de la perseverancia lo que propiamente hace es que el hombre permanezca en el bien, a pesar y en contra de la dificultad que proviene de la larga duración del acto; en cambio, la constancia hace que permanezca firme en lo mismo contra la dificultad proveniente de todos los otros impedimentos externos» (Suma Teológica, II - II, q. 137, a. 3).

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1 Homilía, 18-1-1981.

2 Sermón sobre las tentaciones.

3 Véase el comentario al mensaje de 13 de noviembre de 1981, -aparecido junto a la bendición de 7 de junio de 2003.

4 Sermón a sus hermanos de religión.

5 Cf. Jn 10, 14-16; 10, 3-4; 10, 30.

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