"Yo prometo a todo el que rece el Santo Rosario diariamente y comulgue los primeros sábados de mes,
asistirle en la hora de la muerte.
"
(El Escorial. Stma. Virgen, 5-03-82)

VIRGEN DOLOROSA "Todos los que acudís a este lugar, hijos míos, recibiréis gracias muy especiales en la vida y en la muerte."
(El Escorial. El Señor, 1-1-2000)

BENDICIÓN DEL DÍA 7 DE ENERO DE 2006, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

    LA VIRGEN:

 

     Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

 

     Levantad todos los objetos... Todos serán bendecidos para vuestra protección.


6 DE NOVIEMBRE DE 1.982. PRIMER SÁBADO DE MES

Durante todo el día estuvo lloviendo torrencialmente, sobre todo a las 5 de la tarde, hora en la que, diariamente, se reza el santo Rosario en Prado Nuevo, a la intemperie, junto al fresno donde se aparece la santísima Virgen los primeros sábados. Pero, pese al chaparrón, todo el gentío, inmóvil bajo un mar de paraguas, rezó con intenso fervor el santo Rosario, la plegaria tan inculcada por la Virgen.

En el tercer misterio, hizo su aparición la santísima Virgen, con un vestido amarillo y una capa blanca. En el lado derecho de la capa llevaba el escudo del Papa. La santísima Virgen comunicó a Amparo que el venir así vestida era para celebrar la estancia del Papa en España. Finalizando el tercer misterio Amparo quedó en éxtasis, transmitiendo el siguiente mensaje:

"Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Hija mía, soy vuestra Madre; sólo vuestra Madre que os puede salvar, hijos míos; os quiero salvar, hijos míos. Os pido, hijos míos que publiquéis por todas las partes del mundo mi plegaria favorita, hijos míos, esta plegaria del santo Rosario, hijos míos; con la luz de mi Rosario os salvaréis. Hijos míos, con el santo Rosario venceréis a Satanás, hijos míos.

Mira, hija mía (Amparo ve cómo sangra el Corazón de la santísima Virgen, lleno de espinas), cómo sufre mi Corazón Inmaculado por todos los pecadores. ¡Ayúdame, hija mía, a salvar almas! Tú también eres madre, hija mía. Si uno de tus hijos fuese al fondo del abismo, piensa en el dolor que sentirías por él; pero piensa en Mí, hija mía, que todos los días van al abismo montones de mis hijos, hija mía.

Mira mi Corazón, hija mía, cómo sufro (Amparo solloza al ver el sufrimiento de la santísima Virgen) por todos mis hijos sin distinción de razas; hija mía, para mí siempre existe el dolor, hija mía, piensa que no sólo sufrí al pie de la Cruz, hija mía, sino que sigo sufriendo día a día por toda la humanidad, hija mía.

Pedid, hijos míos, a mi Inmaculado Corazón; pedid, hijos míos, por la consagración de Rusia; hijos míos, el mundo está en un gran peligro.

España no quiere salvarse, hijos míos, no se quiere salvar.

Escribe otro nombre, hija mía (Amparo escribe figuradamente en el Libro de la Vida); este nombre no se borrará jamás.

Hija mía, no permitáis que el enemigo se apodere de vosotros; pedid mi ayuda, hijos míos; Yo estaré siempre contigo, hija mía. ¿Qué madre buena, como te he dicho anteriormente, puede abandonar a sus hijos?.

Levantad los objetos, hijos míos (aquí la santísima Virgen bendice los objetos que le presentan las personas asistentes al Rosario: rosarios, medallas, crucifijos, etc.).

Hija, sé humilde.

Adiós."

Durante este éxtasis, el gentío presenció, con viva emoción, cómo salían destellos de un intenso amarillo anaranjado, a modo de relámpagos zigzagueantes, de la base del fresno, de su copa y de a unos pasos de distancia. Esto lo atestiguan la mayoría de los presentes, en los que el impacto fue enorme.

No deja tampoco de causar una gran impresión el hecho de constatar, posteriormente, que nadie ni siquiera se resfrió, a pesar de que los asistentes se calaron hasta los huesos.

También es de notar que durante el rezo de este Rosario se percibió con más intensidad que de ordinario el misterioso aroma, el cual, varias personas, lo siguieron percibiendo en el tren.


COMENTARIO A LOS MENSAJES 

6-Noviembre-1982

 

     «Hija mía, soy vuestra Madre, sólo vuestra Madre os puede salvar, hijos míos; os quiero salvar, hijos míos. Os pido, hijos míos, que publiquéis por todas las partes del mundo mi plegaria favorita, hijos míos, esta plegaria del santo Rosario, hijos míos; con la luz de mi Rosario os salvaréis. Hijos míos, con el santo Rosario venceréis a Satanás» (La Virgen).

 

     En el inicio de este mensaje, como en tantos otros de Prado Nuevo, llama la atención al lector no acostumbrado la frecuencia de las expresiones «hija mía» e «hijos míos», para dirigirse el Señor y la Virgen a Luz Amparo o a los oyentes en general. Si se examinan esas repeticiones desde el punto de vista meramente lingüístico, resultan excesivas e innecesarias; en cambio, si atendemos al profundo sentido de los términos, concluiremos que son muestra del inmenso amor de los Corazones de Jesús y de María a las almas. Podemos añadir, como dato anecdótico, que leyendo los sermones del Santo Cura de Ars se comprueba esa misma reiteración, como signo, sin duda, del celo por las almas que movía a este santo sacerdote(1).

 

     Un texto esclarecedor a propósito de esto, lo encontramos en el gran pensador católico de nuestros tiempos André Frossard, quien en una obra(2) dedicada a san Maximiliano María Kolbe escribe: «El místico tiene la propiedad de decirlo todo con una palabra, que es un nombre: el nombre de la persona que condensa en sí misma todos los pensamientos posibles (...). Para santa Teresa de Ávila, ese nombre que lo dice todo es el de Jesús, al que siempre acompaña con un signo de admiración, símbolo gráfico del éxtasis. En sus Elevaciones santa Catalina de Siena repite indefinidamente: “Dios, Dios, oh Dios Santo...” (...). Para Kolbe esa palabra inagotable y reveladora es el nombre de María y lo pronuncia al comienzo, en medio y al final de todas sus cartas y de todos sus artículos; y es que cada vez tiene la impresión de encender un cirio, una lámpara o una estrella y no se cansa de hacer con ellas guirnaldas o vías lácteas. Los corazones sencillos le escuchan, porque la santidad los encuentra siempre disponibles. Los otros, en su ceguera, le acusan de machacón». En resumen: el fuego del amor del Corazón Inmaculado de María y del Corazón de su Hijo Jesús se reflejan en ese recuerdo continuo de nuestra filiación como hijos de Dios y de María.

 

     Hay una referencia más al santo Rosario, esta vez resaltando su fuerza para vencer a Satanás. Exhorta con ardor san Luis María Grignion de Monfort: «¡Empuña el arma de Dios que es el santo Rosario! Con ella destrozarás la cabeza del demonio y podrás resistir todas las tentaciones. De aquí proviene que aun el rosario material sea tan terrible al diablo y que los santos se hayan servido de él para encadenarlo y arrojarlo del cuerpo de los posesos, como atestiguan tantas historias»(3).

 

     «Mira, hija mía, cómo sufre mi Corazón Inmaculado por todos los pecadores. ¡Ayúdame, hija mía, a salvar almas! Tú también eres madre, hija mía. Si uno de tus hijos, hija mía, fuese al fondo del abismo, piensa en el dolor que sentirías por él (...). Mira mi Corazón, hija mía, cómo sufro... por todos mis hijos, sin distinción de razas, hija mía. Para mí siempre existe el dolor, hija mía; piensa que no sólo sufrí al pie de la Cruz, hija mía, sino que sigo sufriendo día a día por toda la Humanidad».

 

     ¡Cuánto amor rezuman estas palabras de la Virgen!; Ella, como Madre nuestra, está siempre pendiente de todos y cada uno de sus hijos, y su Corazón es atravesado por la espada del dolor cuando ve que las almas de esos hijos suyos se conducen por caminos de perdición.

 

     Ya hablamos del misterio del sufrimiento en los Corazones de Jesús y de María en el comentario anexo a la bendición de 2 de abril de 2005. Para enriquecimiento sobre el tema, hoy presentamos lo que el Señor reveló a santa Brígida (apuntamos la similitud de Luz Amparo con esta bienaventurada, pues fue también casada, madre de varios hijos, recibió carismas similares, fue fundadora, y las revelaciones que tuvo presentan también aspectos de la Pasión de Cristo).

 

Dice así este texto conmovedor:

«Mas, ¿qué dolor es éste que me ocasiona el hombre siendo yo inalterable e impasible, y Dios que eternamente vive? Me causa el hombre una especie de dolor, cuando se aparta de mí por medio del pecado, y no porque pueda caber en mí dolor alguno, sino como sucede al hombre que suele dolerse de la desgracia de otro. Causábame dolor el hombre, cuando ignoraba lo que era el pecado y su gravedad, cuando no tenía profetas ni ley, y aún no había oído mis palabras. Pero ahora me causa un dolor como de llanto, aunque soy inmortal, cuando después de conocer mi amor y mi voluntad, obra contra mis mandamientos y atrevidamente peca contra el dictamen de su conciencia; y aflíjome también, porque a causa de saber mi voluntad, bajan muchos al Infierno a profundidad mayor de la que hubieran ido, si no hubiesen recibido mis mandamientos.

Hacíame también el hombre ciertas heridas, aunque yo como Dios soy invulnerable, cuando amontonaba pecados sobre pecados. Pero ahora los hombres agravan mucho mis heridas, cuando no sólo multiplican los pecados, sino que se glorían y no se arrepienten de ellos»(4).

 

     La parte conclusiva del mensaje se completa con la mención de Rusia, para conseguir su conversión, como hiciera la misma Virgen en Fátima, pidiendo realizar un acto de consagración de dicha nación al Corazón Inmaculado de María (recordemos que, por entonces, estaba levantado el muro de Berlín y permanecía en pie y con fuerza la Unión Soviética), un aviso sobre los peligros que amenazan al mundo, la alusión a España, a la que se cita veinte veces en los mensajes de Prado Nuevo, y la aparición del «Libro de la Vida», donde le invita la Virgen a Luz Amparo que plasme el nombre de una persona:

 

     «Pedid, hijos míos, a mi Inmaculado Corazón; pedid, hijos míos, por la consagración de Rusia; hijos míos, el mundo está en un gran peligro.

     España no quiere salvarse, hijos míos, no se quiere salvar.

     Escribe otro nombre, hija mía... Este nombre, hija mía, no se borrará jamás».

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(1) Cf. Sermones escogidos. San Juan Bta. Mª Vianney (Cura de Ars) (vols. I, II y III) (Sevilla, 1992).

(2) “No olvidéis el amor”. La pasión de Maximiliano Kolbe (Madrid, 2001).

(3) El secreto admirable del santísimo Rosario, 85.

(4) Celestiales Revelaciones, lib. VI, XII (Madrid, 1901) pp. 322-323.

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