"Yo prometo a todo el que rece el Santo Rosario diariamente y comulgue los primeros sábados de mes,
asistirle en la hora de la muerte.
"
(El Escorial. Stma. Virgen, 5-03-82)

VIRGEN DOLOROSA "Todos los que acudís a este lugar, hijos míos, recibiréis gracias muy especiales en la vida y en la muerte."
(El Escorial. El Señor, 1-1-2000)

 

BENDICIÓN DEL DÍA 2 DE FEBRERO DE 2008, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Levantad todos los objetos... Todos serán bendecidos para el día de las tinieblas...

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.


MENSAJE DEL DÍA 30 DE ABRIL DE 1983

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

     LA VIRGEN:

     Hija mía, te voy a hablarte muy franca, hija mía... (Habla en idioma desconocido durante unos instantes).

     Sólo tú, hija mía, sólo tú lo puedes entender. ¿Qué ves, hija mía?; cuenta lo que ves...

     LUZ AMPARO:

     (Va describiendo lo que ve entre sollozos y lamentos).

     Veo..., veo que se derrumba la montaña...; todo es fuego ¡Ay...!, hay muy pocos de esta parte, hay muy pocos... ¡Ay!, ¿dónde los llevas?, ¿dónde los llevas? ¡Ay, ay, ay!, ¡cómo se derrumban, cómo se derrumban, todo!, ¡ay...!, cógelos de esta parte y llévalos a la otra, llévatelos, llévatelos. ¡Ay!, no los lleves allí, no los lleves. ¡Ay...!, esa marca, tantos hay con esa marca, ¡Ay...!, ¿qué es este otro sitio? ¡Ay!, no salen ya de ahí. ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Madre mía! ¡Ay, Madre mía! ¡Ay, si esto no puede ser! ¡Ay...!, cuántos muertos, muertos todos, todos muertos, ¡ay...!, están todos muertos; ¡ay!, estos otros, ¿qué les pasa? ¡Ay...!

     LA VIRGEN:

     Hija mía, éstos están en gracia, no les afectará absolutamente nada. Esto será horrible para el que no esté en gracia de Dios.

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, ay..., pero si es horrible! ¡Ay...!

     LA VIRGEN:

     Sacrificio, hijos míos, sacrificio... Pedid por los pobres pecadores... (palabras ininteligibles) aquí, hijos míos. El que llega a la tierra maldita está aquí todo, hijos míos. Amad a vuestro prójimo, pero no seáis fariseos, no seáis sepulcros blanqueados, hijos míos; que vuestro corazón se derrita, hijos míos, de amor por vuestro prójimo. No os aferréis a las cosas terrenas. De un momento a otro, hijos míos, puede llegar este momento tan horrible. Hijos míos, si no amáis a vuestro prójimo, no amáis a mi Hijo. Todo aquél que se ligue a las cosas terrenas, será muy difícil, hija mía, que entre en el Reino del Cielo. Bienaventurados los pobres, hija mía, porque de ellos es el Reino del Cielo, y bienaventurado todo aquél que ha sido premiado con riquezas y las ha sabido distribuir sobre los pobres. Si tienes dos túnicas, quédate con una, hija mía; da la otra a tu hermano que está más necesitado, pero amad a vuestro prójimo, que si no amáis al prójimo, no amáis a Dios. Os hablo, hijos míos, de la caridad. Es muy importante esa virtud para poder llegar al Cielo. Os pido, hijos míos, que hagáis sacrificios y lo ofrezcáis por vuestros hermanos; todos, todos sois hermanos, hijos míos. Sed amantes del prójimo y haced sacrificios, hijos, y ofrecedlo por los pobres pecadores. ¡Cuántas almas se condenan, hijos míos, porque nadie, nadie ha rezado una oración por ellos! Sí, hija mía, el sacrificio es muy importante, con la humildad y la caridad.

     Besa el suelo, hija mía... Por los pobres pecadores, hija mía.

     Quiero, hija mía, te repito, que se salve la tercera parte de la Humanidad. ¡Son tan pocos, hija mía, los que quieren salvarse!

     Pedid gracias a mi Inmaculado Corazón, que yo las derramaré sobre todo aquél que me pida. Tú, hija mía, ofrécete como víctima en reparación de todos los pecados del mundo. No seáis ingratos, hijos míos.

     Seguid rezando el santo Rosario y ofrecedlo, hijos míos, por la conversión de los pobres pecadores. Tú, hija mía, sé humilde. También os pido, hijos míos, que pidáis por el Vicario de Cristo; sigue en un gran peligro, hija mía.

     No vas a beber del cáliz del dolor, porque está casi acabado, hija mía, y en cuanto el cáliz se acabe, será horrible lo que vendrá sobre la Humanidad. Será peor, hija mía, que cuarenta terremotos juntos. Oración; con oración y sacrificio os salvaréis, hijos míos.

     Escribe otro nombre en el Libro de la Vida, hija mía...

     Hija mía, se están purificando muchas almas. Mira mi Corazón, cómo está cercado de espinas por las almas consagradas. Quita tres, hija mía... Tira, hija mía... No lo toques, hija mía, se están purificando muchas almas.

     Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice en el nombre del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Sé humilde, hija mía; la humildad es la base principal.

     Os sigo dando avisos, hijos míos, para que os salvéis; haced caso de mis avisos.

     Adiós.


 

COMENTARIO A LOS MENSAJES

 

30-Abril-1983

 

     Aparece primero una descripción de Luz Amparo ante la visión que se le presenta y que se refiere a una etapa de tribulación que se dará en la Humanidad en el futuro.

 

     Invita luego la Virgen a practicar la caridad y a desprenderse de las cosas terrenas; recuerda la primera de las bienaventuranzas; explica en qué consiste la verdadera pobreza evangélica y resalta la doble dimensión de la caridad: para con Dios y para con el prójimo, indicando que es una  virtud imprescindible para alcanzar el Cielo. A pie de página se anotan las concordancias con la Biblia que aparecen en este fragmento del mensaje. Hay que señalar que, a lo largo de todos ellos, son numerosas esas citas que relacionan los mensajes de Prado Nuevo con la Sagrada Escritura:

 

     «Amad a vuestro prójimo, pero no seáis fariseos, no seáis sepulcros blanqueados[1], hijos míos; que vuestro corazón se derrita, hijos míos, de amor por vuestro prójimo. No os aferréis a las cosas terrenas. De un momento a otro, hijos míos, puede llegar este momento tan horrible. Hijos míos, si no amáis a vuestro prójimo, no amáis a mi Hijo[2]. Todo aquél que se ligue a las cosas terrenas, será muy difícil, hija mía, que entre en el Reino del Cielo. Bienaventurados los pobres, hija mía, porque de ellos es el Reino del Cielo[3], y bienaventurado todo aquél que ha sido premiado con riquezas y las ha sabido distribuir sobre los pobres. Si tienes dos túnicas, quédate con una, hija mía; da la otra a tu hermano que está más necesitado[4], pero amad a vuestro prójimo, que si no amáis al prójimo, no amáis a Dios[5]. Os hablo, hijos míos, de la caridad. Es muy importante esa virtud para poder llegar al Cielo[6]» (La Virgen).

 

     A continuación, insiste: «¡Cuántas almas se condenan, hijos míos, porque nadie, nadie ha rezado una oración por ellos! Sí, hija mía, el sacrificio es muy importante, con la humildad y la caridad» (La Virgen).

 

     La «Blanca Señora» de Fátima realizó una petición semejante, que nos recuerda la triste realidad de las almas que se pueden perder eternamente si rechazan a Dios; así, le comunicó a los tres pastorcitos, Lucía, Francisco y Jacinta (estos dos últimos ya beatificados por el papa Juan Pablo II): «Rezad, rezad mucho y haced muchos sacrificios por los pecadores, pues van muchas almas al Infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellas» (19-8-1917). En su famosa encíclica Mystici Corporis enseñaba el papa Pío XII: «¡Tremendo misterio, y nunca meditado bastante!: que la salvación de muchos depende de las oraciones y de los sacrificios voluntarios, hechos con esta intención, por los miembros del cuerpo místico de Jesucristo» (n. 43).

 

     En varios mensajes recibidos por Luz Amparo se presentan unidas la caridad y la humildad. La humildad es el fundamento de la caridad, porque sólo quien reconoce su propia miseria busca los tesoros de Dios, que es Amor, y levanta sobre roca el edificio de la vida espiritual.

 

     En el mensaje de 15 de agosto de 1986, solemnidad de la Asunción de la Virgen María, Luz Amparo contempló a la Virgen en uno de los momentos previos a su partida hacia el Cielo; curiosamente, exhorta entonces a los Apóstoles —conforme a lo descrito por Amparo— a perseverar en la práctica de esas dos virtudes fundamentales para la vida sacerdotal y de cualquier cristiano: «También os digo: perseverad en la caridad y perseverad en la humildad» (15-8-1986).

 

     Subraya san Ambrosio: «Estas dos virtudes, es decir, la humildad y la caridad, son tan indivisibles y tan inseparables, que quien se establece en una de ellas de la otra forzosamente se adueña, porque así como la humildad es una parte de la caridad, así la caridad es una parte de la humildad»[7]. Muy interesante es la relación que establece Teófano el Recluso: «Me decís que no tenéis ni humildad ni caridad. Mientras ellas estén ausentes, todo lo espiritual está ausente. Lo espiritual nace cuando ellas nacen, y crece cuando ellas crecen. Son para el alma lo que el dominio de la carne es para el cuerpo. La humildad se adquiere por actos de humildad, la caridad por actos de caridad»[8].

 

     Igualmente, Benedicto XVI señaló ambas virtudes como imprescindibles para los sacerdotes, resaltando que su vida exige «un serio compromiso de santificación personal y de ejercicio de las virtudes, especialmente de la humildad y la caridad»[9].

 

     Más abajo, en otro párrafo, pide la Virgen: «Seguid rezando el santo Rosario y ofrecedlo, hijos míos, por la conversión de los pobres pecadores. Tú, hija mía, sé humilde. También os pido, hijos míos, que pidáis por el Vicario de Cristo; sigue en un gran peligro».

 

     Distintos mensajes de Prado Nuevo hablaban de que el Vicario de Cristo corría un «gran peligro». El 2 de abril de 2005 el papa Juan Pablo II pasó de esta vida temporal a la eterna; entre las numerosas noticias aparecidas con motivo de su fallecimiento, se recordaron los más de veinte planes frustrados para acabar con su vida; otros acaso nunca sean descubiertos, pero los conocidos, empezando por el atentado de Alí Agca el 13 de mayo de 1981, nos muestran a Juan Pablo II como el Pontífice quizás más amenazado en la Historia de la Iglesia. ¡Qué bien conocían el Señor y la Virgen el peligro que acechaba al Santo Padre![10] ¿Se refería, asimismo, la Virgen en La Salette (19-9-1846) a Juan Pablo II cuando profetizó: «El Santo Padre sufrirá mucho. Yo estaré con él hasta el fin para recibir su sacrificio. Los malvados atentarán muchas veces a su vida, sin poder poner fin a sus días»?[11].



[1] Cf. Mt 23, 27.

[2] Cf. 1 Jn 4, 20-21; 3, 10.

[3] Cf. Mt 5, 3; Lc 6, 20.

[4] Cf. Lc 3, 11.

[5] Cf. 1 Jn 4, 20-21; 3, 10.

[6] «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). «La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13, 10).

[7] Epist. a Demetrio, 10.

[8] Consejos a los ascetas (Buenos Aires, 1979) p. 133.

[9] Discurso a la comunidad del «Almo Colegio Capránica», 20-1-2006.

[10] Cf. ABC, 3-4-2005, p. 85; El Mundo (Documentos), 3-4-2005, p. 9.

[11] Cf. Abate Gouin, Profecías de Nuestra Señora de La Salette (Madrid, 1977) p. 73.